Habrían pasado más de mil días desde que los niños de la región Norte y de la región Centro tuvieron sus últimos campamentos. Huelga decir que había entonces muchísimas expectativas y ganas de volver a vivir una convivencia de este tipo. Además, ¡para muchos sería la primera vez!
El día 1 de septiembre, desde varios puntos de la península ibérica, salieron niños en coche y autobús para encontrarse en un paraje idílico: el albergue de Zuhatza, situado a solo 15 kilómetros de la capital alavesa. ¡Todos tenían que estar a las 17:30 horas en las orilla del embalse de Ullíbarri-Gamboa para subir a un barco. ¿En barco? Sí, ¡porque el campamento está situado en una isla de 500.000 km2!
Después del reparto de las habitaciones y tras las primeras impresiones del lugar, los responsables repasaron el programa con los adultos. 35 niños tenían que ser atendidos durante 4 días y el programa, bajo el lema “pequeños obreros de Dios”, estaba repleto de actividades. Después de la cena, se hizo un pequeño juego de introducciones para que todo el mundo supiera quién es quién.
Al día siguiente, el albergue ofreció las primeras actividades náuticas. Los mayores de 10 años montaron de dos en dos en un pequeño barco de vela, mientras que los más pequeños fueron introducidos a las prácticas del surf. Se hicieron muchos juegos encima de la tabla y más de uno se cayó al agua. Después hubo tiempo para bañarse, siempre con el chaleco salvavidas puesto. A algunos niños les gustó mucho tirar a los mayores al agua…
Por la tarde, después de la comida, se pudo montar en los pedalones o practicar remo, se dividieron los grupos, que tuvieron que rodear la “pequeña” isla. Después de la merienda, las maestras de la zona Norte instruyeron a los niños sobre cómo decorar camisetas blancas. Esta actividad se hizo en dos etapas, ya que la pintura tuvo que secarse. ¡Todo este trabajo se aprovecharía para el Servicio Divino del domingo!
El día había pasado factura. Algunos de los más pequeños se durmieron durante la cena. Estos fueron a la cama directamente después, pero aún había más: “discoteca” con disfraces de pirata. Todos recibieron un pañuelo y un parche para tapar un ojo y…. ¡A bailar!
Al día siguiente, casi todos fueron a dar un paseo con el fin de explorar la isla. De esta manera se pudo disfrutar de la naturaleza y charlar durante el camino. A veces tocaba hacer pruebas físicas que no siempre eran fáciles para todos. Los que no fueron, tenían otra misión: preparar la búsqueda del tesoro que se realizaría esa noche.
Pero antes hubo tiempo para otra actividad acuática: se dividieron los grupos en tres para hacer piragüismo, remo y windsurf (sí, esta vez incluso con vela). Así, todos los participantes del campamento pudieron participar en casi todas actividades.
Después de la merienda (¡cuidado con los patos!), los niños finalizaron sus camisetas, aprendieron dos nuevos cánticos para el Servicio Divino, y se fueron a duchar. Los hermanos ya tenían todo listo para la búsqueda del tesoro, que comenzó nada más terminar la cena. Se hicieron 5 grupos de forma aleatoria, y cada grupo tenía que superar una serie de pruebas y acertijos. ¡Un verdadero trabajo en equipo! Al final, la lección que aprendieron todos fue la importancia de compartir: el tesoro de chuches fue dividido entre niños y mayores.
El domingo 4 estuvo dedicado al Servicio Divino. Antes de comenzar, a las 10:30 horas, se hizo un último ensayo. El Anciano de Distrito ofició basándose en la conocida palabra de Mateo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Nada más empezar su servir, el Anciano de Distrito se puso delante de los niños para estar más cerca de ellos. Les explicó que uno no se hace daño físico a sí mismo, porque no nos gusta el dolor. Entonces, tampoco deberíamos hacer daño a los demás. También es bonito si devolvemos de vez en cuando algún favor, prosiguió el siervo. "Papá y mamá hacen muchas cosas para nosotros. ¿Qué hacéis vosotros? Es bueno dar de vez en cuando y no siempre pedir, las cosas terrenales pasarán".
Unas niñas ayudaron interpretando una escena de bullying, donde una niña es víctima del acoso de sus compañeras que la tiran al suelo. Finalmente hay solo una que le quiere ayudar y consolar, poniéndole una venda para curar sus heridas.
El Anciano cogió la venda y empezó a ponérsela a toda la primera fila. «¿Veis lo que hace esto?, preguntó. Ahora estamos unidos, tenemos que mantener esta unión». La imagen quedó grabada en la mente de todos los presentes. Algunos decían que era igual que la historia del Buen Samaritano.
Los niños conectaron realmente con el servir de la palabra y un momento bonito fue cuando una niña preguntó de repente: «¿Por qué no todos los Servicios Divinos son siempre así?».
Uno de los cánticos que los niños habían aprendido el día anterior rezaba: «No construyamos una torre de Babel». Es importante fijarse en qué construimos. Debemos centrarnos en las cosas espirituales más que en las terrenales, no importa si somos pequeños o grandes, todos somos obreros de Dios.
Antes de la celebración de la Santa Cena, el Anciano explicó el significado de la oblea: el pan y el vino, el alfa y el omega. Después de la misma se finalizó el Servicio Divino y todos fueron a hacer la maleta para la vuelta que estaba programada a las 16:00 horas. Fueron 4 días intensos, llenos de alegría y bendición.